miércoles, 30 de septiembre de 2009

Más Haikus

II

No somos uno.
No serás, en el alba,
yerba ni amor.

III

En el espejo
la mirada esquiva
es una sombra.

IV

El árbol crece
El bosque es hermoso
¿Quién nos verá?

V.

En la llovizna
respiro mis historias.
Y en el papel.

VI.

Los Buenos Aires
de sol, sonrisas amplias,
me dejan, se escapan.

VII.

Éste y otro,
Soy uno entre otros,
uno, y otro.

domingo, 9 de agosto de 2009

continúa

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III.
Ellos

Daiana en el banco de la plaza. Daiana en la fila bancaria cuenta pingüinos. Daiana lee La insoportable levedad del ser en el Parque Rivadavia. Daiana repite vueltas por Caballito: Quito, Rosario, Doblas, Rivadavia, Quito... Daiana vuelve, el día de pagar cuentas, a pagar cuentas, a contar pingüinos. Daiana toma depósitos y deposita. Abrigada Daiana deja pasar colectivos en la puerta del banco, enojados pingüinos le preguntan si sube, no, no sube, violentos pingüinos empujan a Daiana mojada, ¿toma el 1? no, no lo toma ¿aquí para el 36? no lo sabe; Daiana sólo desconoce, sola Daiana desconoce; sus ojos yerba mate más mojados que nunca, esperanzada Daiana mira la puerta del banco, esa máquina de girar pingüinos, el colectivo sube y baja pingüinos apurados, fruncidos, chiquitos, zigzagueantes, engripados pingüinos cautelosos, serios pingüinos a crédito, civilizados pingüinos de a pie, pingüinos decentes con carteras y maquillajes y pingüinitos de buen vestir, trajeados pingüinos de buen beber, inseguros pingüinos de buen votar; Daiana suspira, tres meses pasaron desde aquel depósito de ilusiones en un haiku azaroso, de un teléfono escrito en la palma de una mano, de una conversación de risas, colores y nombres equívocos, “qué es un nombre, ni brazo, ni semblante, ni cosa alguna que al hombre pertenezca”, otra vez Shakespeare, futuro en construcción, impotente Daiana desciende al andén, la anaconda eléctrica, a la señal, abre sus puertas, subterránea Daiana piensa en Umpa Lumpa y not to be.

Inmenso. Diego ha leído mucho. A los cinco años aprendió la letra A en la casa de tía Julia, entre perros san bernardo y olor a mate cocido “de verdad”, aquel que se hace colando yerba hervida. Su prima Lía le enseñó, de a sílabas, a escribir su nombre, el resto lo aprendió con la batalla naval y una revista. Ese verano leyó mucho, y el siguiente, y el siguiente. A los siete años se sorprendió con la boa que digiere un elefante. A los diez conoció a Dostoievsky, a los catorce comprendió para siempre las palabras nihilismo y proletariado. A los diecisiete se enojaba: Godot debería haber llegado. Sin jamás haber pasado necesidades, a los dieciocho tiraba piedras en rutas del gran Buenos Aires. Los fines de semana, ausente a fiestas, boliches y mensajes de texto, descifraba, aunque le tomó un año, el capítulo I de Das Kapital, para ese entonces hablaba alemán. Quiso, pero no pudo, leer haikus en japonés. Cuando enfrentó el pedregoso camino de escribir comprendió que adjetivaba en forma obvia y en tríadas. Las cosas no eran sólo cosas, eran sombrías, intrigantes y despreciables, o transparentes, potenciales y bellas, o precisas, algebraicas y desnudas. Peor le hacía darse cuenta que cada vez que iba a Santa María de los Corderitos, la pampa desplegada a lo largo del viaje -una vaca, una vaca, pasto, una vaca, una fila de árboles, pasto, un árbol, pasto, una vaca, pasto, un árbol, pasto, tres vacas, un ternero, una nube, pasto, pasto, pasto, pasto y una vaca, pasto, una nube-, el único adjetivo que encontraba era inmenso. Le molestaba su propia obviedad, después se sintió elitista porque le molestaba la obviedad. Inmenso. Viajaba en tren a su pueblo, la mano sostenía una lapicera sobre un papel muy blanco, sus ojos blancos de mirar la hoja blanca; pensaba en Daiana.

“Inmensa Daiana”, escribe y cierra el cuaderno.

jueves, 16 de abril de 2009

Citas

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Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se
levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.

J. L. Borges (El amenazado)



- Esto es inaudito, Dios hizo el mundo en siete días, ¡siete!. Y usted tarda meses en hacerme un pantalón.
- Pero señor, mire usted el mundo (gesto de desprecio), y mire mi pantalón (gesto de admiración)

Samuel Beckett


En algún apartado rincón del universo centelleante, desparramado en innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales inteligentes inventaron el conocimiento. Fue el minuto más altanero y falaz de la “Historia Universal”: pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras breves respiraciones de la naturaleza, el astro se heló y los animales inteligentes hubieron de perecer. Alguien podría inventar una fábula semejante pero, con todo, no habría ilustrado suficientemente cuán lastimoso, cuán sombrío y caduco, cuán estéril y arbitrario es el estado en el que se presenta el intelecto humano dentro de la naturaleza.

Federico Niestzche (Sobre verdad y mentira en sentido extramoral)


No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Julio Cortázar (instrucciones para dar cuerda a un reloj)

martes, 14 de abril de 2009

Poema 15 (bis)

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Mariposa de ensueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la Maga, y a Sofía.

domingo, 29 de marzo de 2009

Perverso

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Helena ríe bajo sus auriculares. Me acerco, ella baila ramonera. Con mano indecisa rozo su jumper. Se tensa. Se sobresalta. Levanta su mentón, sus ojos de hielo. Radiografía en un segundo mi maletín, mi traje, mis zapatos negros. Sonrío, alzo la mano, torpe, a mitad de camino entre el muslo y el hombro. Se me ahogan las palabras en la boca. Helena, taquicárdica, aprieta mi muñeca hasta que la dejo. Las puertas se abren. Baja del tren. Me mira, lejana, es un vidrio asustado.

Sí, seguro que se llama Helena.

martes, 24 de marzo de 2009

Umpa Lumpa y Daiana

Umpa Lumpa brinda con Daiana. Las copas chocan, se rompen, caen de a pedazos. Asustada Daiana desinfecta sus manos. Las vendas blancas enrojecidas. El teléfono inhallable. La voz agitada contradice coordenadas imposibles. Umpa Lumpa, tubo en mano, no comprende. Corta. Salen. La Boca oscura los traga, calle a calle más cerca de la garganta xeneize, lejos del hospital que desconocen. Daiana chorreante profiere palabras a su mano, adiós le dice a su mano derecha, estaremos juntas le dice a su mano buena, como si pudiera prometerle el paraíso. La mano izquierda se rebela, pellizca, cachetea, descree. Umpa Lumpa busca un hospital, una salita, un taxi, una avenida, más vendas, su mochila: Umpa Lumpa encuentra. En la guardia los hombres de blanco brindan, y en recepción y en informes, no es momento de brindar grita Daiana enojada, el médico la escucha de reojo, nunca es momento, sonríe, y choca su copa.

Umpa Lumpa piensa que a menudo no es momento de, y se siente contento de que el médico brinde. Daiana lo turba: feliz. Que año nuevo, que feliz, sonríen.

lunes, 16 de marzo de 2009

Corrientes y 9 de julio

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Alguien, de todos los que cruzan,
debe disfrutar este momento
tanto como yo